Ventanas y puertas tapiadas, así
lo había recomendado el Gobierno a través de radios y televisiones. Hacía ya
dos semanas que el asedio había dado comienzo. Desde entonces, Amanda no había
logrado encadenar dos horas de sueño. Recluida en su céntrico apartamento, escuchaba
a diario como decenas de bombas chocaban incesantes contra su ciudad.
Las televisiones tampoco cesaban
el bombardeo de imágenes. Personas, familias enteras yacían en el suelo descompuestas,
las bombas no hacen prisioneros. Siempre el mismo titular. No existen
supervivientes.
Amanda no podía imaginar hace unos
meses cuando comenzó la investigación, las consecuencias que acarrearía la información
obtenida. Había destapado la mayor trama de corrupción de la historia desde el
escritorio del modesto periódico local para el que trabajaba. Con los datos que
poseía había provocado que las bases del sistema político y económico de la
primera potencia mundial se tambalearan.
Guerra era lo que había provocado.
Una guerra que su país tenía de antemano perdida. Había abocado a todo un
pueblo a una muerte segura.
Ahora, allí se encontraba, agazapada
bajo una mesa mientras miles de personas fallecían en ese mismo instante. Tenía
que entregarse, su cobardía ya había causado demasiadas muertes. Debía armarse
de valor para afrontar el destino que le aguardaba.
Atravesó la puerta, tras ella, cuatro hombres con batas blancas la esperaban
en el rellano. La acompañaron a una ambulancia. En el corto trayecto pudo
observar lo intacto que se encontraba el mundo que le habían estado ocultando.
Es la del cuarto, la periodista,
ha perdido la cabeza, lleva encerrada dos semanas, desde que se inventó no sé
qué de los americanos se cree que estamos en guerra. Murmuraban dos vecinas.
Sí se había librado una guerra.
Psicológica. Amanda la había perdido y con ella, la Verdad. Esquizofrenia
dijeron. Nadie jamás la creería.
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