domingo, 2 de diciembre de 2012

Relato 2: El whisky


Medio vaso de whisky con hielo preside la enfermiza simetría que forman servilletas, vasos y cubiertos sobre un mantel a cuadros cuidadosamente planchado. Dos platos de dorada al horno humean sobre la encimera.

Tras el humo de la última calada comencé a definir el rostro que llevaba rato observándome desde el otro lado de la mesa. No tardé en hundir la mirada en lo rojizo de unos preciosos labios que sonreían al vacío.

La melodía del taconeo cercó mis oídos. Cuidado cariño, está muy caliente, susurró. La fuerte presión de sus labios al besar obnubiló mis ya mermados sentidos. Un trago me bastó para dar buena cuenta del whisky.

Bendícenos Señor, bendice estos alimentos que por tu bondad vamos a recibir. Amén. Nada más pronunciar estas palabras clavó sus grandes ojos color canela sobre los míos, esperando mi reacción. Tomé el cubierto y dubitativo acerqué el primer trozo de pescado a la boca.

¡Ese no es el tenedor del pescado!, ¿cuántas veces voy a tener que repetírtelo? me gritaba entre sollozos a la par que golpeaba la mesa. Sube a la habitación.

Obediente di por concluida aquella dantesca escena y lo más sosegado posible me dirigí a buscar la salida de la casa. Pude observar como la puerta se encontraba tapiada justo antes de sentir un fuerte golpe en mi nuca.

Aquí me encuentro, una vez más, encerrado en mi húmedo sótano. Supongo que lo merezco. Es mi condena por maltratar a mi esposa durante los más de treinta años de matrimonio. No sé qué droga vierte en el whisky, pero es bien conocedora de mi adicción a él. Hace que al despertar desconozca el mundo en el que vivo.

Miro de frente el cuchillo que todos los días me deja sobre la lavadora. Hoy por fin afronto mi culpa.

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