Medio vaso de whisky con hielo
preside la enfermiza simetría que forman servilletas, vasos y cubiertos sobre
un mantel a cuadros cuidadosamente planchado. Dos platos de dorada al horno humean
sobre la encimera.
Tras el humo de la última calada comencé
a definir el rostro que llevaba rato observándome desde el otro lado de la
mesa. No tardé en hundir la mirada en lo rojizo de unos preciosos labios que
sonreían al vacío.
La melodía del taconeo cercó mis
oídos. Cuidado cariño, está muy caliente, susurró. La fuerte presión de sus
labios al besar obnubiló mis ya mermados sentidos. Un trago me bastó para dar
buena cuenta del whisky.
Bendícenos Señor, bendice estos
alimentos que por tu bondad vamos a recibir. Amén. Nada más pronunciar estas
palabras clavó sus grandes ojos color canela sobre los míos, esperando mi
reacción. Tomé el cubierto y dubitativo acerqué el primer trozo de pescado a la
boca.
¡Ese no es el tenedor del pescado!,
¿cuántas veces voy a tener que repetírtelo? me gritaba entre sollozos a la par
que golpeaba la mesa. Sube a la habitación.
Obediente di por concluida
aquella dantesca escena y lo más sosegado posible me dirigí a buscar la salida
de la casa. Pude observar como la puerta se encontraba tapiada justo antes de
sentir un fuerte golpe en mi nuca.
Aquí me encuentro, una vez más, encerrado
en mi húmedo sótano. Supongo que lo merezco. Es mi condena por maltratar a mi
esposa durante los más de treinta años de matrimonio. No sé qué droga vierte en
el whisky, pero es bien conocedora de mi adicción a él. Hace que al despertar
desconozca el mundo en el que vivo.
Miro de frente el cuchillo que
todos los días me deja sobre la lavadora. Hoy por fin afronto mi culpa.
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