domingo, 6 de octubre de 2013

Relato 5: El violín

Siempre le habían estremecido esos segundos anteriores al comienzo, en los que el público aguanta la respiración dentro de sus encorbatadas gargantas, esperando que resuene la primera nota del viaje que les transporta a ese mundo de imágenes trazado en las mentes de los grandes compositores del siglo XIX.

Atenazado por el miedo al error, tal y como ocurrió en su primera audición, en la que con catorce años tuvo que enfrentarse al juicio del abarrotado auditorio del Conservatorio Nacional de Bucarest, podía escuchar con claridad su respiración y ver como la señal de vaho sobre la tabla armónica crecía y menguaba a su compás.

Espantó  los fantasmas de su mente y tragó saliva. Los dedos de su mano izquierda comenzaron a bailar magistralmente sobre las tensas cuerdas del diapasón,  los de la derecha soportaban el arco, que danzaba  haciendo vibrar en el aire la quinta Danza Húngara de Johannes Brahms.

Cada acorde fluía directo hacia los oídos de su público, que asistía al que era su regreso oficial tras la retirada temporal de los escenarios. A sus treinta y dos años, las deudas contraídas en salas de juego, el alcohol y los incesantes rumores sobre la infidelidad de su mujer habían amenazado con truncar la carrera de la considerada mayor promesa de Rumanía al violín.

Sin dejar respirar, presto enlazó enrabietado con el primer acto del Lago de los Cisnes, de Tchaikovski. No hubo lugar al aplauso. Verdi, Puccini, Chopin. Ensimismado repasó durante poco menos de dos horas los clásicos con los que durante toda su carrera había deleitado en teatros europeos.


La reacción del público no se hizo esperar. Tres viandantes que cruzaban el Puente Romano de Córdoba al pie de la majestuosa Mezquita, lanzaron sus monedas a la funda del violín. El regreso era, cuanto menos, esperanzador.

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