Siempre le habían estremecido
esos segundos anteriores al comienzo, en los que el público aguanta la
respiración dentro de sus encorbatadas gargantas, esperando que resuene la
primera nota del viaje que les transporta a ese mundo de imágenes trazado en las
mentes de los grandes compositores del siglo XIX.
Atenazado por el miedo al error, tal
y como ocurrió en su primera audición, en la que con catorce años tuvo que
enfrentarse al juicio del abarrotado auditorio del Conservatorio Nacional de Bucarest,
podía escuchar con claridad su respiración y ver como la señal de vaho sobre la
tabla armónica crecía y menguaba a su compás.
Espantó los fantasmas de su mente y tragó saliva. Los
dedos de su mano izquierda comenzaron a bailar magistralmente sobre las tensas cuerdas
del diapasón, los de la derecha
soportaban el arco, que danzaba haciendo
vibrar en el aire la quinta Danza Húngara de Johannes Brahms.
Cada acorde fluía directo hacia los
oídos de su público, que asistía al que era su regreso oficial tras la retirada
temporal de los escenarios. A sus treinta y dos años, las deudas contraídas en
salas de juego, el alcohol y los incesantes rumores sobre la infidelidad de su
mujer habían amenazado con truncar la carrera de la considerada mayor promesa
de Rumanía al violín.
Sin dejar respirar, presto enlazó
enrabietado con el primer acto del Lago de los Cisnes, de Tchaikovski. No hubo
lugar al aplauso. Verdi, Puccini, Chopin. Ensimismado repasó durante poco menos
de dos horas los clásicos con los que durante toda su carrera había deleitado
en teatros europeos.
La reacción del público no se
hizo esperar. Tres viandantes que cruzaban el Puente Romano de Córdoba al pie
de la majestuosa Mezquita, lanzaron sus monedas a la funda del violín. El
regreso era, cuanto menos, esperanzador.
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