domingo, 6 de octubre de 2013

Relato 4: El reflejo

Contempló la extrema lividez de sus fauces, los profundos surcos que recorrían sus plateadas sienes y la oquedad de su atormentada mirada. Por primera vez en mucho tiempo permitía que la cercanía de un espejo delatara el reflejo de un rostro en el que el inexorable paso de los años bien parecía haberse regodeado.

Durante aquellos años se había negado a entablar conversación. Ante las preguntas de abogados, funcionarios, compañeras e incluso del capellán, siempre interpuso el silencio como única respuesta.

A pesar de todo, poco había variado su austera existencia en las últimas décadas, desde que a los dieciséis años tomara los hábitos huyendo de un hogar en el que su alcohólico padre abusaba sistemáticamente de ella.

Tomó, como cada mañana, el amplio pañuelo negro que usaba como hábito, anudándolo torpemente alrededor de cintura y cuello sobre su mono anaranjado, para emprender por última vez su errático caminar a través de las galerías. Cabeza ladeada, acentuada cojera y rosario enlazando sus ajadas manos.

El sexo con el que el párroco y el propio Obispo la habían sometido furtivamente desde su llegada, siempre fue tomado por ella como la prueba que Dios interponía ante su voto de obediencia.

-       ¿Quiere la condenada recitar unas últimas palabras?

Su áspera voz sobrecogió a los allí presentes:

-       Fue obra de Dios, él ha estado cuidando a mi hija.


La pequeña, de unos seis años de edad, arropaba su desnudez acurrucada en los brazos del Obispo, los cuerpos de padre e hija goteaban junto a la bañera de su habitación.


En el reflejo de la pila bautismal pudo contemplar la extrema lividez de sus fauces, los profundos surcos que recorrían sus doradas sienes y la oquedad de una atormentada mirada, mientras el inerte cuerpo de su hija yacía a los pies del altar.

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