Contempló la extrema lividez de
sus fauces, los profundos surcos que recorrían sus plateadas sienes y la
oquedad de su atormentada mirada. Por primera vez en mucho tiempo permitía que
la cercanía de un espejo delatara el reflejo de un rostro en el que el
inexorable paso de los años bien parecía haberse regodeado.
Durante aquellos años se había
negado a entablar conversación. Ante las preguntas de abogados, funcionarios,
compañeras e incluso del capellán, siempre interpuso el silencio como única
respuesta.
A pesar de todo, poco había
variado su austera existencia en las últimas décadas, desde que a los dieciséis
años tomara los hábitos huyendo de un hogar en el que su alcohólico padre
abusaba sistemáticamente de ella.
Tomó, como cada mañana, el amplio
pañuelo negro que usaba como hábito, anudándolo torpemente alrededor de cintura
y cuello sobre su mono anaranjado, para emprender por última vez su errático
caminar a través de las galerías. Cabeza ladeada, acentuada cojera y rosario
enlazando sus ajadas manos.
El sexo con el que el párroco y
el propio Obispo la habían sometido furtivamente desde su llegada, siempre fue
tomado por ella como la prueba que Dios interponía ante su voto de obediencia.
- ¿Quiere la condenada recitar unas últimas palabras?
Su áspera voz sobrecogió a los
allí presentes:
La pequeña, de unos seis años de
edad, arropaba su desnudez acurrucada en los brazos del Obispo, los cuerpos de
padre e hija goteaban junto a la bañera de su habitación.
En el reflejo de la pila
bautismal pudo contemplar la extrema lividez de sus fauces, los profundos
surcos que recorrían sus doradas sienes y la oquedad de una atormentada mirada,
mientras el inerte cuerpo de su hija yacía a los pies del altar.
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