domingo, 2 de diciembre de 2012

Relato 3: Cuatro horas


Una mirada bastó para comprobar el lúgubre panorama que sobre ellos se cernía.

Cuando despertaron los rayos de sol en la alborada y esquivaron el conglomerado de hojas y ramas que conformaban el techo, no hallaron como cada amanecer su cuerpo dormido sobre el jergón.

Solía ser el último en amanecer. Ninguno de los soldados que había hecho la imaginaria esa noche tenía constancia de la salida de ningún compañero. Su fusil M16 reposaba al pie del camastro junto a botas, chaleco y uniforme, sobre sus mantas vestigios de sangre, aún fresca. Pronto prendió el rumor: los charlies tienen a Wilco.

La preocupación se hizo palpable en cada uno de los mil pliegues del rostro del comandante. La respuesta fue firme e inmediata: la división entera recorrería cada árbol de esa maldita selva hasta traerlo de vuelta. Tuvieron escasos minutos para escribir en vida cartas que sus allegados leerían en su muerte.

Negros líquenes copaban sus cascos, tensados los tendones sobre el gatillo esperando que alguno de esos pijamas negros delatara su presencia. Los árboles nos miran, señor. Sí, y ahora todos esos jodidos árboles nos dispararán.

Los chicos recordaran ésta broma hasta el día que nos retiremos.

Rauda sacudió la palidez su rostro. ¿Cuántas horas llevaba dormido? Tembloroso sólo acertó a mirar la manecilla horaria, ¡las nueve y qué!

Cuatro largas horas habían transcurrido desde que decidiera abandonar su tienda en mitad de la noche aprovechando el cambio de imaginaria para encaramarse sobre aquella amplia rama.

Abajo, tiendas desiertas. Cartas sobre todas las almohadas. Entero su cuerpo se estremeció al leer:

 [..] “mamá, fallecimos por salvar a nuestro compañero, no sienta pena, sino orgullo” […]

Sólo una mirada bastó para comprobar el lúgubre panorama que sobre él se cernía.


                                                                        1 de abril de 1971. April Fools ‘Day. Vietnam.

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