Una mirada bastó para comprobar el lúgubre panorama que sobre ellos se
cernía.
Cuando despertaron los rayos de
sol en la alborada y esquivaron el conglomerado de hojas y ramas que
conformaban el techo, no hallaron como cada amanecer su cuerpo dormido sobre el
jergón.
Solía ser el último en amanecer. Ninguno
de los soldados que había hecho la imaginaria esa noche tenía constancia de la
salida de ningún compañero. Su fusil M16 reposaba al pie del camastro junto a
botas, chaleco y uniforme, sobre sus mantas vestigios de sangre, aún fresca.
Pronto prendió el rumor: los charlies tienen a Wilco.
La preocupación se hizo palpable
en cada uno de los mil pliegues del rostro del comandante. La respuesta fue
firme e inmediata: la división entera recorrería cada árbol de esa maldita
selva hasta traerlo de vuelta. Tuvieron escasos minutos para escribir en vida
cartas que sus allegados leerían en su muerte.
Negros líquenes copaban sus
cascos, tensados los tendones sobre el gatillo esperando que alguno de esos
pijamas negros delatara su presencia. Los árboles nos miran, señor. Sí, y ahora
todos esos jodidos árboles nos dispararán.
Los chicos recordaran ésta broma hasta el día que nos retiremos.
Rauda sacudió la palidez su
rostro. ¿Cuántas horas llevaba dormido? Tembloroso sólo acertó a mirar la manecilla
horaria, ¡las nueve y qué!
Cuatro largas horas habían
transcurrido desde que decidiera abandonar su tienda en mitad de la noche
aprovechando el cambio de imaginaria para encaramarse sobre aquella amplia
rama.
Abajo, tiendas desiertas. Cartas
sobre todas las almohadas. Entero su cuerpo se estremeció al leer:
[..] “mamá, fallecimos por
salvar a nuestro compañero, no sienta pena, sino orgullo” […]
Sólo una mirada bastó para
comprobar el lúgubre panorama que sobre él se cernía.
1 de abril de 1971. April Fools
‘Day. Vietnam.
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