lunes, 14 de abril de 2014

De Anarquía e inmigración

Oponerse a la inmigración es simplemente antinatural. Poner muros y vallas con pinchos para que quién se atreva a saltarlos se raje la carne es inmoral. Afirmar que esos pinchos velan por nuestra seguridad es tomarnos por ingenuos. Equiparar inmigrantes con asaltantes de viviendas para justificar la colocación de las concertinas es de ser una mierda de persona ignorante, o sea, una mierda del Opus Dei.

Mención especial merecen esos Agentes del Orden cuyo trabajo consiste es pegar tiros disuasorios para evitar que unas personas, que en su mayoría apenas saben nadar, se acerquen a tierra. Comprendo que para ingresar en esos mal llamados cuerpos de seguridad se hagan pruebas psicotécnicas para seleccionar a los candidatos más dóciles y descerebrados, para posteriormente amaestrarlos cual perro que acata una serie de reglas sin cuestionarse su lógica y moralidad. Pero lo que no puedo comprender es que un ser humano vea a otro ser humano ahogarse y su reacción inmediata no sea la de tratar de ayudarlo, sino pegar tiros disuasorios. He visto a perros nadar para salvar otros perros. Incluso a humanos.

En muchas ocasiones, los mismos que se erigen en adalides de la vida y emplean todo tipo de argumentos vacíos y estúpidos para defender la vida de un puñado de células, emplean otros argumentos, igual de vacíos y estúpidos, para disfrazar su racismo e incultura de protección ciudadana, sois una montón de mierda y en muchos casos casualmente, también montones de mierda del Opus Dei.

La inmigración existe desde antes de que alguien se inventara a Dios, palurdos, y por mucho que os pese va a seguir existiendo hasta después de la muerte de la invención de Dios. Las personas, como los animales, migran a los lugares en los que abunda el alimento, y por muchas concertinas que pongáis lo único que vais a lograr es rajar a unos pocos pobres diablos, heridas que pesarán en vuestras conciencias, si es que tenéis de eso.

Y es que el capitalismo y la globalización son un invento precioso. Me emociona ver cómo se autorregulan los mercados, ellos solitos, no quepo en mí de gozo al comprobar cómo las empresas de acá puedan ir allá a fabricar productos en condiciones esclavistas para traerlos aquí y que nosotros, los pudientes semi-esclavos, podamos permitirnos comprar cada dos semanas un nuevo modelito con el que fardar delante de otros semi-esclavos mientras el viejo de Zara esnifa caviar en Costa Rica.

Sin embargo está muy feo que los esclavos de allá quieran venir acá a ver cómo han quedado los modelitos que sus hijas de 6 años han tejido en una nave industrial en mitad de Burundi. Eso es algo que, nosotros los países desarrollados, no estamos preparados para ver. Está muy feo ver a un Mamadú o a un Mojamé de la vida paseando por nuestras calles, creyéndose igual a nosotros, queriendo comer todos los días. ¿Pero qué se han creído? ¡Que aquí no hay trabajo para todos! Cada uno tiene su misión en el mundo, mala suerte si la vuestra es ser pobres. Id a dar por culo a otro lado. Los de aquí acá y los de allí allá. Es ley de vida. ¡Qué estupenda mentalidad tengo!

Pero lo que actualmente vemos no es más que las consecuencias de siglos de colonialismo, espolio y opresión, los cuales continúan hoy en día ¿Pero cómo puede ser la gente tan zoquete de no darse cuenta? ¿Nadie se pregunta por qué hubo y hay tantas guerras en África? ¿De dónde sacan las armas? ¿Por qué hay dictadores buenos y dictadores malos? ¿Por qué el caza elefantes se reúne con supuestos presidentes de gobiernos africanos que con el paso de los años resultan ser dictadores? ¿Se han convertido de pronto? ¿Lo fueron siempre? ¿Y si metemos a nuestros políticos traidores en un cayuco y los mandamos a Somalia? Pobres somalíes.

Y es que; ¡Qué me gusta a mí la anarquía! Pero cuidado, esas ideas son de extrema izquierda ¿Extrema izquierda? ¿Eso qué es? Porque si la izquierda es progresismo, es decir, avance social, ¿ser de extrema izquierda qué significa? ¿Querer extremos avances sociales?

Hace ochenta años la Segunda República fue tachada de extrema izquierda al implantar extremos avances en la sociedad, tales como el voto femenino, la reducción de inútiles mandos militares y por sacar las sucias sotanas de las escuelas. También eran extremadamente progresistas los que pedían igual trato para negros y blancos en EEUU o Sudáfrica. Todos de extrema izquierda. Igual que los que ahora protestan contra el capitalismo o piden leyes abortivas menos estrictas. Ya veremos dentro de unos años. Otros que también fueron tachados de extrema izquierda fueron los hippies de los sesenta, esos que pedían paz.

La Paz, eso a lo que le han hecho hasta un día internacional. Incluso lo enseñan en las escuelas. Enseñan a los niños a que intenten lograr un mundo en paz, un mundo sin guerras ni abusos. ¿No es eso una utopía? ¿A quién no le gustaría vivir en un mundo en paz? Pero es imposible, demasiados intereses contrapuestos entre países para no tener la tentación de tirar una bombita. O de invadir un país. Sin embargo queda precioso enseñarles a los niños que lo ideal sería un mundo en paz.

Y digo yo, ¿Por qué no hay un día internacional de la Anarquía? Es otra utopía, igual de imposible que la paz e incluso más bonita. Es más, creo que la Paz sería consecuencia directa de la Anarquía ¿A quién no le gustaría vivir en un mundo sin políticos? En un mundo en el que no existieran esos intereses opuestos entre países. En el que las únicas leyes fueran los Derechos Humanos. Una globalización, pero de verdad. Las mismas normas para todos. Tú puedes ir allá, pero él también puede venir acá, jugando, eso sí, todos con las mismas reglas. Así sí que se autorregularían solitos los mercados.

Hace unas décadas parecía imposible que un niño hablara de Derechos Humanos, de Derechos de Animales o de Paz Mundial, sin embargo, esos conceptos, como el resto de conceptos que inicialmente fueron tachados de extrema izquierda, poco a poco, a pesar de la resistencia de los conservadores, van calando a través de la educación en la Sociedad. Estoy seguro que dentro de algún tiempo, temas como el aborto, la inmigración o incluso la Anarquía empezarán y terminarán calando también. Sólo es cuestión de tiempo. Mucho. Y paciencia. Y esperar que poco a poco vayan muriéndose los conservadores.


domingo, 6 de octubre de 2013

Relato 5: El violín

Siempre le habían estremecido esos segundos anteriores al comienzo, en los que el público aguanta la respiración dentro de sus encorbatadas gargantas, esperando que resuene la primera nota del viaje que les transporta a ese mundo de imágenes trazado en las mentes de los grandes compositores del siglo XIX.

Atenazado por el miedo al error, tal y como ocurrió en su primera audición, en la que con catorce años tuvo que enfrentarse al juicio del abarrotado auditorio del Conservatorio Nacional de Bucarest, podía escuchar con claridad su respiración y ver como la señal de vaho sobre la tabla armónica crecía y menguaba a su compás.

Espantó  los fantasmas de su mente y tragó saliva. Los dedos de su mano izquierda comenzaron a bailar magistralmente sobre las tensas cuerdas del diapasón,  los de la derecha soportaban el arco, que danzaba  haciendo vibrar en el aire la quinta Danza Húngara de Johannes Brahms.

Cada acorde fluía directo hacia los oídos de su público, que asistía al que era su regreso oficial tras la retirada temporal de los escenarios. A sus treinta y dos años, las deudas contraídas en salas de juego, el alcohol y los incesantes rumores sobre la infidelidad de su mujer habían amenazado con truncar la carrera de la considerada mayor promesa de Rumanía al violín.

Sin dejar respirar, presto enlazó enrabietado con el primer acto del Lago de los Cisnes, de Tchaikovski. No hubo lugar al aplauso. Verdi, Puccini, Chopin. Ensimismado repasó durante poco menos de dos horas los clásicos con los que durante toda su carrera había deleitado en teatros europeos.


La reacción del público no se hizo esperar. Tres viandantes que cruzaban el Puente Romano de Córdoba al pie de la majestuosa Mezquita, lanzaron sus monedas a la funda del violín. El regreso era, cuanto menos, esperanzador.

Relato 4: El reflejo

Contempló la extrema lividez de sus fauces, los profundos surcos que recorrían sus plateadas sienes y la oquedad de su atormentada mirada. Por primera vez en mucho tiempo permitía que la cercanía de un espejo delatara el reflejo de un rostro en el que el inexorable paso de los años bien parecía haberse regodeado.

Durante aquellos años se había negado a entablar conversación. Ante las preguntas de abogados, funcionarios, compañeras e incluso del capellán, siempre interpuso el silencio como única respuesta.

A pesar de todo, poco había variado su austera existencia en las últimas décadas, desde que a los dieciséis años tomara los hábitos huyendo de un hogar en el que su alcohólico padre abusaba sistemáticamente de ella.

Tomó, como cada mañana, el amplio pañuelo negro que usaba como hábito, anudándolo torpemente alrededor de cintura y cuello sobre su mono anaranjado, para emprender por última vez su errático caminar a través de las galerías. Cabeza ladeada, acentuada cojera y rosario enlazando sus ajadas manos.

El sexo con el que el párroco y el propio Obispo la habían sometido furtivamente desde su llegada, siempre fue tomado por ella como la prueba que Dios interponía ante su voto de obediencia.

-       ¿Quiere la condenada recitar unas últimas palabras?

Su áspera voz sobrecogió a los allí presentes:

-       Fue obra de Dios, él ha estado cuidando a mi hija.


La pequeña, de unos seis años de edad, arropaba su desnudez acurrucada en los brazos del Obispo, los cuerpos de padre e hija goteaban junto a la bañera de su habitación.


En el reflejo de la pila bautismal pudo contemplar la extrema lividez de sus fauces, los profundos surcos que recorrían sus doradas sienes y la oquedad de una atormentada mirada, mientras el inerte cuerpo de su hija yacía a los pies del altar.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Relato 3: Cuatro horas


Una mirada bastó para comprobar el lúgubre panorama que sobre ellos se cernía.

Cuando despertaron los rayos de sol en la alborada y esquivaron el conglomerado de hojas y ramas que conformaban el techo, no hallaron como cada amanecer su cuerpo dormido sobre el jergón.

Solía ser el último en amanecer. Ninguno de los soldados que había hecho la imaginaria esa noche tenía constancia de la salida de ningún compañero. Su fusil M16 reposaba al pie del camastro junto a botas, chaleco y uniforme, sobre sus mantas vestigios de sangre, aún fresca. Pronto prendió el rumor: los charlies tienen a Wilco.

La preocupación se hizo palpable en cada uno de los mil pliegues del rostro del comandante. La respuesta fue firme e inmediata: la división entera recorrería cada árbol de esa maldita selva hasta traerlo de vuelta. Tuvieron escasos minutos para escribir en vida cartas que sus allegados leerían en su muerte.

Negros líquenes copaban sus cascos, tensados los tendones sobre el gatillo esperando que alguno de esos pijamas negros delatara su presencia. Los árboles nos miran, señor. Sí, y ahora todos esos jodidos árboles nos dispararán.

Los chicos recordaran ésta broma hasta el día que nos retiremos.

Rauda sacudió la palidez su rostro. ¿Cuántas horas llevaba dormido? Tembloroso sólo acertó a mirar la manecilla horaria, ¡las nueve y qué!

Cuatro largas horas habían transcurrido desde que decidiera abandonar su tienda en mitad de la noche aprovechando el cambio de imaginaria para encaramarse sobre aquella amplia rama.

Abajo, tiendas desiertas. Cartas sobre todas las almohadas. Entero su cuerpo se estremeció al leer:

 [..] “mamá, fallecimos por salvar a nuestro compañero, no sienta pena, sino orgullo” […]

Sólo una mirada bastó para comprobar el lúgubre panorama que sobre él se cernía.


                                                                        1 de abril de 1971. April Fools ‘Day. Vietnam.

Relato 2: El whisky


Medio vaso de whisky con hielo preside la enfermiza simetría que forman servilletas, vasos y cubiertos sobre un mantel a cuadros cuidadosamente planchado. Dos platos de dorada al horno humean sobre la encimera.

Tras el humo de la última calada comencé a definir el rostro que llevaba rato observándome desde el otro lado de la mesa. No tardé en hundir la mirada en lo rojizo de unos preciosos labios que sonreían al vacío.

La melodía del taconeo cercó mis oídos. Cuidado cariño, está muy caliente, susurró. La fuerte presión de sus labios al besar obnubiló mis ya mermados sentidos. Un trago me bastó para dar buena cuenta del whisky.

Bendícenos Señor, bendice estos alimentos que por tu bondad vamos a recibir. Amén. Nada más pronunciar estas palabras clavó sus grandes ojos color canela sobre los míos, esperando mi reacción. Tomé el cubierto y dubitativo acerqué el primer trozo de pescado a la boca.

¡Ese no es el tenedor del pescado!, ¿cuántas veces voy a tener que repetírtelo? me gritaba entre sollozos a la par que golpeaba la mesa. Sube a la habitación.

Obediente di por concluida aquella dantesca escena y lo más sosegado posible me dirigí a buscar la salida de la casa. Pude observar como la puerta se encontraba tapiada justo antes de sentir un fuerte golpe en mi nuca.

Aquí me encuentro, una vez más, encerrado en mi húmedo sótano. Supongo que lo merezco. Es mi condena por maltratar a mi esposa durante los más de treinta años de matrimonio. No sé qué droga vierte en el whisky, pero es bien conocedora de mi adicción a él. Hace que al despertar desconozca el mundo en el que vivo.

Miro de frente el cuchillo que todos los días me deja sobre la lavadora. Hoy por fin afronto mi culpa.